
Dos años más tarde, España organizó el evento deportivo más importante que acogía nuestro país hasta entonces; creo que aquel mundial sirvió para que los españoles nos quitáramos unos cuantos complejos y disfrutáramos de un precioso espectáculo que tuve la oportunidad de vivir en directo en Valladolid. La mascota de aquel torneo fue Naranjito, una naranja cheposa y un poco simplona que, a pesar de generar ciertas críticas, fue el símbolo de nuestro mundial. La popular naranja también tuvo su serie de dibujos animados, aunque yo no la seguí mucho, seguramente porque con 16 años ya no me hacía gracia; sin embargo, tuve mi camiseta de Naranjito y algún producto más de lo que ahora se llama merchandansing y me sentí orgulloso de pertenecer a esa generación del Naranjito, que al borde de la mayoría de edad, vivió este acontecimiento con gran intensidad.

El próximo 9 de septiembre tomaré la salida en el XXXII edición del Maratón de la Paz de Moscú y no tengo ninguna duda que junto a mi, correrán muchos rusos pertenecientes a la generación del osito Misha e incluso algún representante de Naranjito, como yo. No competiremos por nuestros países, sino por nosotros, por mejorar nuestras marcas; no seremos rivales, sino compañeros en una dura prueba en la que la solidaridad siempre aflora entre participantes; ellos habrán preparado su maratón en el fresco verano ruso y yo en el agobiante verano español que nos ha tocado. Pero el día 9, a las 12 de la mañana todos estaremos en la línea de salida, más o menos nerviosos, más o menos preparados, más o menos emocionados, pero todos con la ilusión de completar los 42,195 km de una prueba apasionante, sea cual sea el lugar donde se corra.